
Era una tarde amarga. Amarga como el café y el cacao. Amarga...como el amor.
El agua salada me rozaba los dedos, acariciándome consoladoramente. En aquel momento, hubiera dado cualquier cosa por que estuviera a mi lado, posando sus ojos entre las agitadas aguas, como solía hacer todas las tardes.
Yo siempre le observaba desde el cristal de mi ventana, y imaginaba que estaba entre sus brazos. Imaginaba que me cogía y me llevaba a cuestas hasta el agua. Y que me susurraba cosas al oído. Imaginaba que me besaba con la mayor dulzura del mundo.
Su vida había transcurrido entre las azules olas y allí había terminado, justo como él hubiera deseado. Él amaba el mar y yo aprendería a amarlo también.
Recordé su especial olor a agua salada y, sobretodo, a vida. A querer disfrutar de todo. A vivir el momento. A soñar y cumplir sueños. A él.
Nunca llegué a decirle que le amaba, pero tampoco me arrepentía de no haberlo hecho. Él jamás hubiera querido a otra tanto como a ella. Tanto como a su querida mar. Porque juro que nunca he conocido a nadie que lo amara tanto. No como él.
Me sumergí en el agua y dejé que mis lágrimas se mezclaran con su dulce esencia azul, mientras escuchaba por última vez mi respiración entrecortada.
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